viernes, 5 de diciembre de 2008

La Florista

Cuando regresaron de Cuernavaca, después de la boda de su hijo y vió a su hija irse con el novio, con quien ya se quedaba varias veces a la semana, Patricia se sorprendió a sí misma, dando vueltas por una casa que, en ese momento, sintió demasiado grande, enorme, desoladoramente inmensa.


Hacía diez años que la compraron, cuando aún no sobrevenía ese divorcio tan desgarrador para ella. Dos años después de comprarla, llegó el cáncer que obligó al médico a vaciarla... se quedó sin matriz, sin ovarios y con una menopausia quirúrgica a cuestas. Había transcurrido medio año cuando vino la cirugía a corazón abierto y, semanas después, el enfrentamiento con la verdad... su matrimonio se había terminado.


Si una está sola, por algunos días, las reflexiones vienen a la mente y se hace inevitable un balance de lo que se ha vivido, se ha hecho, se ha dejado de hacer y ello lleva a tomar decisiones, que fue lo que Patricia hizo, al darse cuenta de que, casi ocho años antes, cuando tuvo que decidir separarse de su marido y comenzó a ser la jefe de esta nueva familia que componían sus dos hijos, Diego y Carla, hizo muchas cosas para sobrevivir... y se rió, sin ganas, pensando que, tras haber dejado una carrera de años, después de las enfermedades, operaciones y demás, se dedicó a buscar, a tontas y a locas, alguna actividad que, al mismo tiempo, le permitiera distraerse y recibir un dinero que serviría para su vejez. Así pues, entró al negocio de la compra y venta de casas, administró edificios, vendió afores, plata y seguros (que es lo que estaba haciendo hasta ese día)... pero en esos ocho años, además de no ganar más que unos cuantos pesos, tampoco sentía que su espíritu estuviera bien alimentado. Afortunadamente, su exmarido le estaba dando una muy razonable pensión, con la que vivía, con ciertas comodidades. Pero eso no es lo que ella buscaba en esta vida. Lo que necesitaba, de manera apremiante, era hacer algo que la vivificara, que la hiciera sentirse vigente, útil, y feliz.


Estaba en esa circunstancia, cuando el azar la hizo descubrir algo que la entusiasmó, como no lo hubiera pensado... una escuela de diseño floral.... Si, eso mismo, un lugar en el que se estudia para crear arte en flores. Esa idea la enamoró de tal forma que se dio a la tarea de investigar dónde, cómo y cuándo podía iniciar... así, dos semanas después se estaba inscribiendo y un mes más tarde, iniciando su nueva historia... la historia de la florista.



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